Un psicólogo diría que nuestro análisis no hace más que relatar “asociaciones”
audaces, demasiado audaces. El psicoanalista aceptará tal vez -está
acostumbrado a ello- “analizar” dicha audacia. Uno y otro, si toman la imagen
como “sintomática”, tratarán de encontrarle razones y causas. El fenomenólogo
toma las cosas de otra manera; más exactamente, toma la imagen
tal como es, como el poeta la crea y trata de hacerla propia, de nutrirse
con ese raro fruto; lleva la imagen hasta la frontera misma de lo que puede
imaginar. Por muy lejos que esté de ser poeta, intenta repetir para él la creación,
continuar, si es posible, la exageración. Entonces la asociación ya no
es encontrada, padecida, es buscada, querida. Es una constitución poética,
específicamente poética. Es una sublimación totalmente desembarazada de
los pesos orgánicos o psíquicos de los que queríamos liberarnos, en resumen,
corresponde a lo que llamábamos, en nuestra introducción, sublimación
pura. 
Claro que no se recibe de igual modo todos los días semejante imagen.
No es nunca -psíquicamente hablando- objetiva. Otros comentarios podrían
renovarla. Y hace falta para acogerla bien estar en las horas felices de
la superimaginación.
Una vez tocados por la gracia de la superimaginación, la experimentamos
ante las imágenes más sencillas por las que el mundo exterior viene a dar al
hueco de nuestro ser espacios virtuales bien coloreados. Así es la imagen por
la que Pierre-Jean Jouve constituye su ser secreto. Lo sitúa en la celda íntima:
La cellule de moi-méme emplit d’étonnement
La muraille peinte a la chaux de mon secret.

[La celda de mí mismo llena de sorpresa / El muro pintado con cal de
mi secreto.]
(Las nupcias, p. 50,)
La estancia donde el poeta tiene este ensueño no está, probablemente, “pintada
con cal”. Pero esta habitación, la habitación donde se escribe, tan tranquila,
merece también su nombre de “cuarto solitario”. Se le habita por la
gracia de la imagen, como se habita una imagen que está “en la imaginación”.
El poeta de Las nupcias habita aquí la imagen celular. Esta imagen no
transpone una realidad. Sería ridículo pedir al soñador sus dimensiones. Es
refractaria a la intuición geométrica pero enmarca bien al ser secreto. El ser
secreto se siente guardado allí por la blancura de una leche de cal más que por espesas murallas. La celda del secreto es blanca. Un solo valor basta para
coordinar bien los sueños. Y siempre sucede igual, la imagen poética está
bajo el dominio de una cualidad ampliada. La blancura de los muros protege,
por sí sola, la celda del soñador. Es más fuerte que toda geometría.
Viene a inscribirse en la celda de la intimidad.

 
IMAGEN: “Escalera interior” – Caixa Forum, de Mar DelaRisa



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