Todo lector sabe que “el texto solo es algo que no existe: en esa novela, en ese relato, en ese poema que estoy leyendo hay, de manera inmediata, un suplemento de sentido del que ni el diccionario, ni la gramática pueden dar cuenta” (Barthes, 1970). Ese significado es justamente el que transforma a la lectura en un encuentro íntimo que trasciende aún al creador de la obra. Barthes que ha echado luz en este sentido apuesta a más, dice que “la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen” (1968). Será por esto que desde Homero hasta el presente, cientos de escritores han borrado su identidad en el instante en que daban vida a sus palabras.
Sólo por citar a dos coterráneos de Sebastián Torena Montero, pueden apreciarse casos extremos en Borges y en Denevi. El uno, sumamente reconocido; el otro, postergado por la crítica y el mercado. Donde Borges jugó con citas apócrifas, Denevi lo hizo soterrando su propia escritura. Donde Borges situó sus “Ficciones”, Denevi instaló sus “Falsificaciones.” Ambos dueños de una ironía por momentos excesiva, pero que decía mucho del mundo que llegaron a compartir. Así como Borges jugó a ser “Bustos Domecq” con su amigo Bioy; Denevi criticó a Denevi y al canon en la voz de Gallagher o Ramón Civedé, dos de sus personajes. Pero esas son otras historias… Queda claro que el juego de borrar la huella de la propia escritura es pasión entre los escritores.
El escritor como enigma se materializa en Torena Montero en nombres como Sam Howitz, Sam Foucault , Imra Kazdjistän, Sean Montori, Arthur Deacon Hogan, Malcolm Fox Baxter, J. C. Fox y aún se atreve a cambiar de género en Lætitia Kumianski y Margaret Mogadiscio. Los nombres se multiplican al igual que sus “Novelas Prohibidas.” Sin embargo, este deshacerse de sí mismo se contradice en el uso casi exclusivo de la primera persona. Quien “dice” se hace cargo de su palabra. Ahora bien, ¿quién es el que dice? ¿Quién es el que interpela constantemente al lector? ¿Quién el que se atreve a analizar la realidad de esa manera? ¿De quién es la voz que se pierde en nombres apócrifos para exponer verdades como certezas y luego cuestionarlas? Ese es el trabajo de lector: descifrar un enigma planteado como reto.
Cuando nos enfrentamos a la escritura de Sebastián Torena Montero nos enfrentamos además a cuestiones inherentes al pacto lector: ¿le creemos al autor?, ¿creemos que nos habla a nosotros mediante la excusa del diálogo con un personaje interlocutor que escucha pero nunca habla? ¿Por qué el autor quiebra el pacto lector obligando al lector a reconstruirlo? ¿Es por simple provocación o es, por momentos, una desesperada invitación a la lectura?
Pero no acaba allí, la escritura de Torena Montero es fragmentada, en apariencia inconexa. El lector, que aún no sabe si se le habla a él (que escucha), o a ese personaje que siempre estará ahí como el sujeto tácito de un diálogo de uno para que escuchen dos, que es monólogo pero que a la vez exige la presencia de ese “otro” que justifica el acto de escribir; ese lector deberá andar y desandar palabras para construir sentidos. Si está atento, pronto se dará cuenta de que la lectura y relectura de esos fragmentos conforman una novela, la “gran novela” que cuenta la historia del hombre y sus certezas destruidas, sus sueños rotos, sus preguntas sin respuestas.
Los fragmentos que forman parte de estas “Novelas prohibidas” tienen la particularidad de poder ser leídos en el orden que el lector prefiera. Las combinaciones son innumerables. El fondo es uno: los problemas y las preguntas que la humanidad se ha hecho desde que existe. La muerte, la libertad de ser, la palabra como expresión de ser, el amor (y su absurdo), la vida y el sentido de la vida. También aparece el sello que caracteriza al hombre posmoderno (en tanto había que poner un nombre al hombre actual): el escepticismo. Aquí está planteado como un juego mediante un encadenamiento de preguntas retóricas que posiblemente, ante cada lectura, arrojen diferentes respuestas a pesar de que se trate de un mismo lector.
Como ya nos advirtieron Kristeva y Barthes, el Adán literario no existe. El autor de “Las Novelas Prohibidas” no contradice esa verdad (¿verdad?). La intertextualidad puede analizarse en sus escritos desde la perspectiva del escritor que ha sido lector avezado y desde el hombre que ha andado mucho mundo cuestionándose la existencia. Se pueden encontrar huellas de otros pensamientos que han hecho mella en el pensamiento del escritor (Deleuze y Wittgenstein, en este caso) pero también la experiencia de un hombre resiliente, de un buscador incansable de respuestas, de salidas, de puertas abiertas… Los lugares comunes dejan de serlo y lejos está su escritura de ser imitación de otras.
Torena Montero escribe como habla: reflexivamente. Y lo hace desde lo dialógico (en tanto su obra está atravesada por otros textos) y lo conversacional (en tanto está escrita como una conversación de café porteño). Este autor deja en claro su necesidad de comunicar, de hacer que otros cuestionen lo oculto; lo que queda en la superficie porque es más cómodo dejarlo allí, lo ininteligible para la cultura actual. Deja en claro que la palabra es poder y el poder surge del interior del hombre donde se ha configurado el pensamiento. Finalmente, deja en claro que su caminar por el mundo le ha configurado la mirada, una mirada de quien sabe pararse a distancia y analizar las circunstancias. Parafraseando a Sarlo, Torena Montero es un escritor de las orillas, de las orillas de la vida.
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Eliana Raquel Suárez es profesora para la Enseñanza Primaria, profesora de Lengua y Literatura, postítulo en Política y Gestión Institucional en Educación (UNR). Actualmente ejerce como maestra de Nivel Primario en la Escuela “San Martín” N° 213 y como docente de Nivel Superior en el ISPI N° 9156, ambas instituciones pertenecientes a la localidad de Chañar Ladeado, provincia de Santa Fe, República Argentina. Dicta cursos para formadores de formadores cuyo tema central es la alfabetización inicial. Coordina y edita la publicación de la revista anual del Instituto de Formación Superior en el que trabaja, para la que también ha escrito artículos de opinión. Ha sido creadora, productora y guionista de un programa infantil de televisión por cable llamado “Dos por tres nos vas a ver”, premiado por a ASTC (a nivel provincial) y por la ATVC (a nivel nacional) cuyo jurado estaba conformado, entre otras personalidades, por el periodista y documentalista Roberto Vacca y la escritora María Teresa Forero.
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** «Las Novelas Prohibidas» está editada por lasnovelasprohibidas.com
1 Comentario

Los comentarios están cerrados.

  1. Autor
    citizenkant 3 años

    Quienes tienen agente, o agencia publicitaria, o manager, tienen la suerte de ir por la vida haciéndose los desapercibidos… Ellos no miran jamás si alguien ha hablado de ellos, porque son artistas "serios" a quienes todo este asunto les da igual. Yo, eso, no es que no me lo pueda permitir sino que no quiero permitírmelo; cada vez que alguien invoca mi nombre, para mí es un triunfo de la comunicación, siento que por fin lo que he dicho ha llegado a alguien en concreto, me siento más parte del mundo, màs afianzado a la vida y más parte de la Sociedad, no por mi cara bonita sino por el atributo esencial de todas las cosas: tener alguna "utilidad". Qué bueno verlo.

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