Alfonsina Storni fue una de las más importantes escritoras del siglo XX. Con Su obra poética dio cuenta de su intrincada historia personal y se puso a la vanguardia de un movimiento que, años después, desligaría a las mujeres de todos sus prejuicios.
“Enamorada del mar, se ha sumergido en él y para siempre Alfonsina Storni”, tituló el miércoles 26 de octubre de 1938 el periódico El Diario la trágica noticia del suicidio de la poeta argentina. “Así debía morir Alfonsina. A su alma tempestuosa, atormentada, a su cabeza blanca de amarguras antes que los años, le queda bien el rumoroso telón de fondo oceánico con que voluntariamente ha querido rubricar su vida de ahora y para siempre”, sellaba a continuación.
Como representante de una nueva generación de mujeres literatas, la poeta, periodista y maestra fue pionera en la defensa de la igualdad de oportunidades para las mujeres a comienzos del siglo XX, y despertó por igual elogios y críticas; desnudaba en 1918 las hipocresías de su sociedad.
“Tú me quieres alba,
Me quieres de espuma,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta…
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines del engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago”.
“Su muerte fue un espejo de su vida: pasión, romanticismo, fragilidad física, fuerza espiritual. Un alma que gobernó su cuerpo”, parafraseó su nieto, Guillermo Storni, en algún homenaje a Alfonsina.
Tercera hija en una humilde familia de Sala Capriasca, en la Suiza italiana, Alfonsina emigró con sus padres a la provincia argentina de San Juan cuando tenía 4 años. Allí permaneció hasta 1900, cuando se trasladaron a Rosario. A los veinte, y ya egresada de maestra, se enamoró de un diputado santafesino 23 años mayor y casado, con quien tuvo su único hijo, Alessandro Alfonso.
“Mi padre siempre la describe como una mujer activa, vivaz, constructiva, comunicativa, corajuda, pero triste y silenciosa en la intimidad”, contó Guilllermo. Pese a las adversidades, Alfonsina supo canalizar su apesadumbrado mundo interior a través de inolvidables poemas como su primer libro de 1916, La quietud del rosal, o sus colaboraciones en Caras y Caretas. En esos casos, entabló amistad con nombres de la vanguardia novecentista como Amado Nervo, José Enrique Rodó, José Ingenieros, Manuel Ugarte y Federico García Lorca. No obstante, fue en las comidas del grupo Anaconda donde conoció a uno de los hombres más importantes para su vida: el escritor uruguayo Horacio Quiroga.
En 1935 los médicos le detectaron cáncer de mama, enfermedad que intensificó los trastornos mentales que padecía. Y dos años más tarde su mejor amigo Quiroga también preso de cáncer, se suicidó con cianuro. A su manera, Alfonsina lo despidió:
“Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán”.


………………


“Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito
Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides…Gracias…Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…”.
Fueron sus últimos versos. En la madrugada del 25 de octubre de 1938 Alfonsina se internó en el mar de la playa. La Perla de Mar del Plata de una vez y para siempre.
María Del Rosario Rodríguez

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