Manuel Puig sentía que los inviernos de su pueblo eran feroces, y tan áridos como las aulas, el patio de su escuela y las habitaciones de su propia casa. Por eso eligió creer que en el cine estaba la verdad. Porque allí los paisajes eran exuberantes y las historias tenían final feliz.
Para escapar de aquella aridez huyó primero de Villegas, de Buenos Aires, de México DF, de Nueva York y de Río de Janeiro.
Murió el 22 de julio de 1990, en Cuernavaca, México, ciudad conocida por su eterna primavera. Lo hizo narrando una de esas películas glamorosas que lo demoraban en el cable, que se repetían en los casetes que empapelaban su videoteca y le recordaban los filmes que había visto una y otra vez en el cine de su pueblo.
Esa pasión lo había empujado a Roma, donde fracasó como cineasta. Sin el carácter necesario para lidiar con las divas italianas, descubrió pronto que uno de sus guiones eran una mala copia de las películas vistas en su niñez.
Para entender ese fracaso miró por primera vez, cara a cara su pueblo. Lo miró de frente, y le sostuvo la vista hasta quebrarle la soberbia a patadas. Miró lo que barremos debajo de la alfombra, lo que silenciamos, lo que deformamos a través del rumor. Vio la aridez antes que nosotros y la mostró con una poética tal que nos permitió verla hasta en sus más pequeños detalles. No se lo perdonamos. Lo condenamos por resentido y por mal hijo del pueblo.
Apuntó contra todas las formas de poder y explotación, y por denunciarlas, molestó. Capaz de una autocrítica feroz, increpó a su familia y a los de su pueblo en sus dos primeras novelas (La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas). Incomodó a la cultura e intelectualidad capitalina y a sus compañeros de exilio (en The Buenos Aires Affair, El beso de la mujer araña y Pubis angelical); interpeló a quienes conoció en sus nuevos lugares de residencia (Maldición eterna a quien lea estas páginas y Sangre de amor correspondido), y hasta a su madre, en su último texto (Cae la noche tropical).
Miró cine hasta el cansancio para escapar de amores frustrados, de la incomprensión de la crítica, de la aridez que poco a poco le ganaba espaciosa su alrededor; pero se laceraba con ellos cada vez que volvía sobre una nueva novela. Necesita exorcizar esos fantasmas y se aferraba a ellos hasta disecarlos.
Se refugió en la literatura para comprender su fracaso como cineasta, pero volvió al cine escapando de la soledad a la que lo había arrastrado la escritura. Lo hizo con guiones de sus propias novelas (Boquitas pintadas, dirigida por Leopoldo Torre Nilsson; Pubis angelical, hecha por Raúl de la Torre; algún borrador de El beso de la mujer araña, realizada por Héctor Babenco) o de textos ajenos (El lugar sin límites, de José Donoso, y El otro, de Silvina Ocampo, llevadas al cine por Arturo Ripstein). Escribió guiones de teatro, musicales y trabajaba en proyectos de cine (la vida del músico Antonio Vivaldi) y teatro (Madrid, 1937).
Usó y abusó como nadie de los géneros populares. Consideraba que sufrían el mismo maltrato que las mujeres de los años 30: “Se gozaba con ellos pero no se los respetaba”. Sus personajes se apropiaron de letras de tango, boleros, rezos, filmes, y atados a ellos fueron víctimas o heroínas melodramáticas.
Las historias que escribió cuarenta años atrás sobre los vínculos hostiles que había observado cuarenta años antes hoy nos escupen la cara. El sexismo, los abusos, el silencio cómplice saltan con la furia de entonces en las calles de General Villegas. Siguen estando aquí, con esa misma crueldad. Por eso lo queremos tanto. Por la sutileza con la que supo desnudar aquello que a nosotros nos está costando entender. Pero también lo odiamos. Por obligarnos a repetir, como si fuéramos sus personajes, una y otra vez, estos inviernos, feroces de tan áridos.
María Del Rosario Rodríguez

(Imagen: by Paolo Roversi

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