Ahora todos saben cómo encontrar el sentido de la vida dentro de uno mismo. 
Pero la humanidad no siempre fue tan afortunada. Hace menos de un siglo los hombres y las mujeres no tenían fácil acceso a las  cajas de rompecabezas que llevan dentro. No podían nombrar siquiera uno de los cincuenta y tres portales del alma. Las religiones de pacotilla eran el gran negocio. 
La humanidad, ignorante de las verdades que yacen dentro de cada ser humano, miraba hacia afuera, pujaba siempre hacia afuera. En su impulso hacia afuera la humanidad confiaba en llegar a saber quién era el responsable de toda la creación y en qué consistía toda la creación. 
La humanidad lanzaba sus agentes de avanzada hacia  afuera, hacia afuera. En el momento preciso los lanzó al espacio, al incoloro,  insípido, ingrávido mar de la exterioridad sin fin. Los lanzó como piedras. Esos desdichados agentes encontraron lo que ya habían encontrado abundantemente en la Tierra: una pesadilla sin fin, falta de sentido. Los dones del espacio, de la infinita exterioridad, eran tres: heroísmo vacío, comedia barata y muerte fútil. 
La exterioridad perdió, por fin, sus imaginarios atractivos. Sólo quedaba por explorar la interioridad. Sólo el alma humana seguía siendo terra incógnita. Este fue el comienzo de la virtud y la sabiduría. 
¿Cómo eran las gentes en los viejos tiempos, con sus almas todavía inexploradas?

Kurt Vonnegut – “Las sirenas de Titán”

(Imagen – David de Figueredo)

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