“… La pradera tiene una belleza propia y deberíamos reconocerla acentuando esta belleza natural, su sosegado nivel… Planos paralelos a la tierra hacen que el edificio pertenezca al terreno. Veo la línea misma del horizonte como la auténtica línea de la vida humana, indicadora de la libertad… La línea horizontal es la línea de lo doméstico.”
“Vivimos en la pradera. La pradera tiene una belleza muy característica. Nosotros debemos reconocer y acentuar esta belleza natural, su tranquila extensión. De ahí los tejados de ligera pendiente, las pequeñas proporciones, las apacibles siluetas, las chimeneas macizas, los voladizos, las terrazas bajas y los muros adelantados que limitan pequeños jardines.”

La crisis del racionalismo arquitectónico, hacia 1940, produce una nueva forma de enfocar esa racionalidad que en apariencia beneficiaba al hombre para entenderla desde un punto de vista más específicamente humano, sin perder todo el poso de soluciones técnicas que ya aportaran los racionalistas de la Bauhaus.

Este nuevo racionalismo “orgánico”, u organicismo surge de la necesidad de encontrar esa relación que la Naturaleza y el hombre nunca debieron perder y que siempre, latente, ha estado presente como fondo de lo construido, unas veces acogiéndolo, otras, chocando contra un muro de manufactura hostil.
Sin duda alguna, tuvo que nacer Frank Lloyd Wright, para que desde sus vivencias, no en la escuela, sino en el trabajo de la granja de su tío marcaran para él los años de su vida en que los sueños comienzan a fraguar la formación de las inquietudes, y más allá de ellos, una forma de vida. La revolución industrial le proporcionó los medios necesarios para construir los edificios que creó su fértil imaginación; el trasfondo trascendental le dio el sentido permanente de los valores humanos. Es esta una paradoja sorprendente: herramientas y métodos industriales, valores humanos y un profundo amor por la naturaleza. Ambos elementos fueron esenciales para su trabajo; no podía imaginarse el uno sin el otro. Podemos inferir de ahí su búsqueda constante de convivencia entre sus construcciones y el entorno inmediato.
La arquitectura orgánica toma al hombre como referencia constante, no como medida sino en un sentido más individual, y el arquitecto que la ejerce cuida con mesura la acústica, la armonía de los colores, el medio ambiente, y todo aquello que favorezca el bienestar humano dentro del espacio que le alberga, edificando de dentro hacia fuera para extenderse habitando la energía que proporciona la Naturaleza.
La enorme virtud de la obra de Frank Lloyd Wright en el cambio de siglo, consistió indudablemente en reinterpretar y transformar el lenguaje de la arquitectura doméstica norteamericana, a través de nuevas articulaciones formales entre techo, pared y abertura. Wright desarrolló sus ideas a partir de 1893, destruyendo la tradicional caja arquitectónica, que tradicionalmente era un espacio interior cerrado, un refugio íntimo, creando una nueva interacción entre interior y exterior en el programa doméstico. Sería Wright el primero en relacionar esta disposición espacial con el espacio abierto, extendiendo el espacio desde el centro a lo largo de los ejes con el ambiente circundante por medio de galerías y terrazas, garantizando la continuidad del espacio y convirtiéndola en el rasgo distintivo de su arquitectura ‘orgánica’.
El principio de la individualidad proyectual; la recurrente asimetría o la anti-perspectiva negando el punto de vista privilegiado de la contemplación estática, por una visión dinámica de los volúmenes; el diálogo entre objeto-contexto a partir de un respetuoso uso de los materiales del lugar; el establecimiento de relaciones integrales entre la planta y alzado; la materialización de las casas en mampostería en áreas urbanas y en madera en los suburbios; plantas cruciformes abiertas a partir de un núcleo central donde la chimenea es convertida en el núcleo ceremonial de la casa; techos salientes de escasa pendiente, muros perimetrales bajos, predominio de líneas horizontales en claro contraste con las chimeneas verticales y volúmenes internos de doble altura, serían algunas las temáticas recurrentes en el desarrollo de la arquitectura wrightiana del primer período en el que sus obras eran integradas deliberadamente en el paisaje, enriqueciendo notablemente la calidad de vida doméstica americana y dejando una abundante herencia de ideas y principios hacia el futuro.
“Amaba la pradera de modo instintivo por su extraordinaria sencillez: los árboles, las flores, el mismo cielo, un contraste excitante. Me daba cuenta de que, en la pradera, cualquier pequeña altura parece muy grande: cualquier saliente cobraba una saliente enorme, mientras que la anchura era menos importante… Yo tenía la idea de que los planos horizontales de las casas formaban parte del suelo. Y comence a poner por obra esta idea”

Frank Lloyd Wright, 1910/11.

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