Antes de publicar la Crítica del Juicio en 1790, Kant ya había abordado en 1764 el argumento de lo bello y lo sublime en un breve opúsculo titulado Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime1. Es interesante que en esta obra Kant, desarrollando el tema en cuatro secciones, hace más un abordaje descriptivo de las semejanzas y diferencias entre lo bello y lo sublime, privilegiando “más bien el ojo de un observador que el de un filósofo”, como él mismo dice al inicio del texto. En la Crítica del Juicio, en cambio, el tema será retomado en toda su profundidad y estableciendo la relación del elemento estético con los otros elementos del pensamiento kantiano ya que la facultad del juzgar hará una especie de función intermediaria entre el entendimiento (razón pura) y el actuar (razón práctica) mediante la reflexión que posibilita subsumir lo particular en lo general.
Conviene recordar, en referencia al tema que nos ocupa, que Kant toma como punto de partida para su Analítica de lo sublime, lo que ve de común entre la facultad de juzgar lo bello y la de lo sublime: “lo bello coincide con lo sublime en que ambos gustan por sí mismos, y, además, en que ambos presuponen no un juicio que se defina por los sentidos ni lógicamente, sino uno de reflexión; en consecuencia, (…) el placer va asociado a la mera exposición o a la facultad de ésta, de suerte que, en una intuición dada, la facultad de la exposición o la imaginación se considera concorde con la facultad de los conceptos del entendimiento o de la razón, resultando así favorable a la última. De ahí que también las dos clases de juicios sean individuales y, sin embargo, se presenten como teniendo validez general para todo sujeto, a pesar de que no aspiren sino al sentimiento de agrado y no a un conocimiento”. Lo extenso de la cita nos permite sacar varias conclusiones interesantes: primeramente, dice Kant que tanto en lo bello como en lo sublime hay un juicio de gusto el cual no se debe ni a un placer sensible (lo deleitable) ni a uno racional (lo bueno). Esto es posible por la mediación de la imaginación que, lejos de ser una facultad pasiva, simplemente reproductora como hasta el momento se la podía considerar, pasa a ser una facultad activa que establece una suerte de concordancia entre lo individual del juicio de gusto (de lo bello o lo sublime) y la validez universal de tal gusto aplicable a todo hombre. A mi entender en esta cualidad activa o productora de la imaginación, podrá Kant fundar posteriormente la autonomía del arte y del gusto estético ya que no necesita estar ligado ni a conceptos ni a fines prácticos, se mueve entre ambos.

Si nos centramos más directamente en las diferencias entre lo bello y lo sublime que Kant presenta en la obra en análisis, poder comenzar diciendo que lo bello en la naturaleza “afecta a la forma del objeto” lo que hace que la misma se presente como limitación; lo sublime, contrariamente, no puede encerrarse o circunscribirse a ninguna forma de un objeto, “se representa en él o mediante él, lo limitado, aunque concebido, además, como
totalidad”. De ello podemos deducir, junto con Kant, que lo bello se halla ligado a la cualidad y lo sublime, en cambio, a la cantidad. En sus Observaciones sobre el asentimiento de lo bello y lo sublime, Kant expresaba de un modo más “fenomenológico”, por así decirlo, los sentimientos que ambos juicios despiertan: lo sublime conmueve, lo bello encanta. La figura del hombre absorbida por el sentimiento de lo sublime, es seria y alguna vez fija y elevada. Al contrario, el vivo sentimiento de lo bello se manifiesta por cierto esplendor brillante en los ojos, por la sonrisa, y muchas veces por una alegría estrepitosa. Alguna vez el sentimiento de lo sublime se halla acompañado de horror o de tristeza; en algunos casos de una tranquila admiración, y en otros se halla ligado al de una belleza extendida sobre un vasto plano. El placer que produce lo bello es más directo y positivo, la imaginación juega y se adquiere una sensación de calma apacible; lo sublime agrada indirectamente ya que lo intenso de la cantidad provoca un desbordamiento que deja sin respuesta o sólo admiración y respeto ante “lo imponente”. Esto es lo que Kant llama “agrado negativo”.
Pero Kant señala una diferencia aún más importante entre lo bello y lo sublime: lo bello se presenta como “predeterminado” para nuestra facultad de juzgar, como que entrara en coincidencia perfecta con lo que a ella compete constituyendo así el placer; en cambio lo sublime, casi se nos impone y “puede parecer inapropiado para nuestra facultad de representación y como si violentara la imaginación y, no obstante, tanto más sublime se juzga”.
Refiriéndose a lo sublime específicamente, Kant expone que lo ilimitado puede ser tomado en dos acepciones: lo ilimitado en su extensión, que nos da lo sublime matemático, o lo ilimitado en potencia, que es lo sublime dinámico. Al hablar de lo sublime matemático, Kant se está refiriendo a “lo absolutamente grande (…) lo grande por encima de toda comparación”. Lo sublime es aquello en comparación a lo cual toda cosa es pequeña, al punto tal que nuestra imaginación se ve superada y debe dirigir su intuición no ya a la naturaleza sino a las ideas. Esto es lo que Kant llamará la facultad suprasensible que llevando a la imaginación más allá de los sentidos le hará posible tener una idea de lo infinito. De este modo lo sublime ya no será el objeto “sino el estado de ánimo provocado por cierta representación que da ocupación a la facultad de juzgar reflexionante. (…)
Sublime es lo que, por ser sólo capaz de concebirlo, revela una facultad del espíritu que va más allá de toda medida de los sentidos”.
Por otra parte, lo que Kant llama lo sublime dinámico, se presenta en la naturaleza como una fuerza superior a cualquier resistencia, lo que provocará en nosotros sentimientos de temor, dado que no nos es posible resistirlas u oponernos a ellas. Este temor despierta en nosotros una superioridad para elevarnos sobre tal impotencia y juzgar como pequeño lo que nos aqueja ya que en nosotros hay una tendencia mucho mayor a tal impotencia.
Digámoslo mejor con el mismo Kant: “lo sublime no está en ninguna cosa de la naturaleza, sino sólo en nuestro espíritu, en cuanto somos capaces de adquirir conciencia de ser superiores a la naturaleza en nosotros y, con ello, también a la naturaleza fuera de nosotros (en cuanto influye en nosotros)”.

(Imagen:”Ninfa rechazando un sátiro”)

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