Un ego obsesivo y una frágil personalidad coexistían en Francesca Woodman, la fotógrafa estadounidense que se suicidó en 1981 a los 22 años dejando tras de sí mucho más que la promesa de un misterioso talento. Desnudos fantasmagóricos, juegos surrealistas y una sexualidad tan ansiosa como etérea: probablemente pocos han visto el desasosiego femenino con la lucidez de esta niña-artista fruto de un sólido matrimonio bohemio (ella ceramista y escultora, él pintor y fotógrafo) que vio como el hermoso retrato familiar se hacía trizas con la violenta muerte de su hija pequeña, quien para añadir más dramatismo a la escena no se conformó con una muerte discreta sino con un aparatoso salto al vacío desde su casa del Lower East de Manhattan que le desfiguró su preciosa cara.
Su corta vida y su enorme obra (se sabe que sus padres poseen un archivo de más de 800 fotografías) podrían encontrar la madurez ahora gracias a una película documental, The Woodmans , y a varias exposiciones en el Reino Unido y EE UU. La más importante, en el Museo de Arte Moderno de San Francisco, viajará en 2012 al Guggenheim de Nueva York.
Francesca Woodman se crió y formó entre EE UU e Italia. Fue una niña americana en la Toscana, rodeada de amigos artistas de sus padres, y una adolescente becada en Roma. Probablemente su gusto por los escenarios bucólicos y decadentes no se entiende sin ese contacto con el viejo mundo. Empezó a hacer fotografías a los 13 años, en blanco y negro, de pequeño formato y casi siempre con ella misma como protagonista. Imaginaba libros para aquellas imágenes que pegaba en sus cuadernos y diarios. La naturaleza (ramas, bosques, pájaros…) y las casas (paredes, muros, ventanas…) jugaban un papel fundamental en la composición, había algo siniestro en aquella densidad simbólica, historias llenas de melancolía y tristeza con ella como único centro de todo. Solo llegó a publicar un libro, Algunas geometrías interiores desordenadas.

Francesa se suicidó cinco días antes de que su padre, George Woodman, inaugurara en el Guggenheim de Nueva York una importante exposición colectiva. La sombra de la hija no ha abandonado a los padres, que desde su muerte se han dedicado al legado de una artista que pese a su corta edad es para muchos clave en la modernidad crepuscular del siglo XX. The Woodmans se estrenó la semana pasada en el Film Forum de Nueva York e indaga en la historia de esta familia alejándose del drama. Dirigida por C. Scott Willis, se documenta con entrevistas a los miembros de la familia (los padres y su hermanos mayor), amigos y estudiosos de la obra de la artista. Además incluye parte de su obra más desconocida.
“Creo que mi mayor sorpresa fue poder leer sus diarios y cuadernos y ver sus trabajos en vídeo”, explica el director del filme. “En ellos descubres que su obra es mucho más vital de lo que parece y que no tiene tanto que ver con la ausencia como con la celebración de la vida. Creo, como dice su hermano en la película, que el arte era una religión para ella y su familia. Y quizá es ahí donde surge el problema”. Para Scott Willis el arte no mató a Francesca Woodman sino que la sujetó a la vida, pero fue cuando empezó su crisis creativa y empezó a mermar su capacidad de trabajo (directamente relacionadas ambas con sus crisis emocionales) cuando la artista entró en el profundo desequilibro que acabó con su vida. “Fue enormemente prolífica de niña, pero sus problemas psicológicos le empezaron a robar espacio a su obra. Pese a lo que se dice, hay alegría en su trabajo porque era el arte lo que la mantenía viva”.
En sus diarios, la fotógrafa empieza a dejar ver sus grietas, las drogas, los desamores. El director de The Woodmans dice que su aproximación no es la de un crítico sino la de un biógrafo y que fue difícil entrar en el ámbito reservado de esta familia, para los que el arte es un ejercicio obsesivo y monacal. Cada día, cada uno de sus cuatro miembros se encerraba en el estudio a crear como quien entra cada mañana en una fábrica. De esa intensa relación con la inspiración nace esta niña prodigio. “Conocí a los Woodmans en un acto público, me acerqué a ellos porque mi hija es una artista muy admiradora de la obra de Francesca. Lo que yo no sabía entonces es que estaba muerta”.
Desconocida en vida, la fotógrafa empezó a ser conocida en 1986, cinco años después de su muerte, gracias a la primera exposición de su obra, en el Wellesley College. Francesa Woodman vivió convencida de que tenía un destino. Para muchos está cifrado en sus fotografías, para otros está oculto en ellas.

1 Comentario

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  1. Autor

    Siempre me ocurre lo mismo. Un noche de estas soñaré que la enamoro y le retengo así en el mundo. Aunque se vaya y vuelva de los otros; no me importa, ya regresará si precisa un día de algún ancla. Sé perfectamente que a una cosa así de bella no la puedes atar más que a la vida -e incluso quién sabe…-.

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