Quiero que imaginéis un cielo nocturno de verano, sin nubes: mirad, la bóveda celeste, límpida, diáfana y tachonada de estrellas aparece ante vuestra mirada como un emocionante caos lumínico que os fascina.

A ojos del neófito, todos los astros allí presentes parecen iguales: puntos brillantes que fulguran, unos más, otros menos, en la oscuridad primordial. En cierta medida, todos quedamos estupefactos y conmovidos por este espectáculo y a pesar de no entenderlo es capaz de mover en nosotros las más poderosas emociones.
Ahora aparecerá un astrónomo. Será capaz de explicarnos con las palabras justas, que en ese aparente caos existe un cierto orden y nos advertirá de que ese orden no existe como realidad física, sino como una convención necesaria para poder estudiar el cielo. Su advertencia nos parecerá plausible y razonable.
En primer lugar nos dirá que, para poder conocer el cielo hay que agrupar las estrellas en constelaciones y otorgarles un nombre. A continuación nos dirá que de entre todas esas constelaciones hay doce que tienen un especial interés: son aquellas por las que transita el Sol durante su curso anual: y aprenderemos un nombre nuevo: eclíptica o camino del Sol a través de esas doce constelaciones. ¿Y la eclíptica de la Música,a través de sus constelaciones o periodos más eminentes: el gregoriano, el barroco, el romanticismo, el impresionismo…?. Pero esos nombres también son, en cierta forma, convenciones, porque de la misma forma que en el orbe estelar no hay fronteras o rupturas, antes bien, continuidad, así mismo sucede con esos periodos musicales: no existe ruptura entre ellos sino una sucesión sutilísima entre un periodo y otro.
Si observáis el cielo constelado, veréis que hay algunas estrellas que brillan más que otras; se dice de ellas que tienen una magnitud mayor. También eso ocurre con nuestro cielo musical: se diría que algunos compositores tienen una magnitud mayor, que destacan por encima de los otros: Bach, Mozart, Vivaldi, Beethoven, Brahms, Schubert, Wagner, etc. Pero no son los únicos: a su alrededor hay otros que brillan menos, que son menos conocidos pero que forman también parte de aquel universo: Biber, Schutz, Buxtehude, Salieri, Satie… Finalmente, hay otras estrellas, apenas visibles, que son compositores apenas conocidos, sí, pero también son los músicos, los directores, los mecenas, los teatros, los luthiers; todos, absolutamente todos conforman ese escenario luminoso que es el Cielo Musical .
Vistas así las cosas, ¿quién será capaz de afirmar que en ese divino escenario hay una parte más fea o mala o peor o mediocre? Aquella constelación puede parecerme especialmente bella, pero eso nunca supondrá un demérito para las demás porque aquí, amigos, el espectáculo está en todas partes.
Avancemos un poco más y reconozcamos que algunas cosas son objetivamente malas (la enfermedad, por ejemplo), otras son indiscutiblemente buenas (la medicina por ejemplo) y otras muchas que no son ni buenas ni malas (el futbol pongamos por caso). Esta manera de juzgar no siempre es válida cuando hablamos de música, porque en música, los conceptos absolutos se tornan simples opiniones: esto no me gusta, esto me gusta o esto me deja indiferente. En este sentido, la música es una escuela de tolerancia y respeto: “esto no me gusta pero comprendo que guste a otros”. También es una escuela de humildad: “esto no me gusta, pero si alguien me lo explicara, quizás me gustaría”.
A fin de cuentas, toda obra musical es el reflejo audible de un paisaje íntimo e irrepetible, el de su compositor; él podría guardarlo para sí, pero nos lo ofrece según su buen saber para disfrute de quien quiera. Como un árbol ofrece sus frutos. Acaso su obra no nos guste, pero eso no le quita valor ¡hay tantas cosas de nosotros que tampoco nos gustan! Tal vez aquella obra nos disgusta porque el autor ha sabido conectar con esa parte de nosotros que también nos disgusta o que no queremos ver.
Todos los compositores, de todos los períodos, han expresado esos paisajes interiores que subyacen en lo más profundo del hombre, entendido como realidad íntima y secreta; respetar su obra es respetarnos a nosotros mismos y conocerlos es conocernos a nosotros mismos. ¿Acaso nuestra frivolidad no convive con nuestra profundidad? ¿nuestro tedio con nuestra diversión? ¿nuestro amor con nuestro odio?
Ciertamente nuestra vida, la de cada uno de nosotros, podría expresarse en términos musicales: hay un tiempo para el allegro y un tiempo para el adagio, un momento sinfónico y un momento de cámara; a veces la vida nos insta a interpretar nuestro solo y sentimos la ansiedad previa y el orgullo posterior. A veces la vida nos suena a órgano de iglesia y otras veces a flauta pastoril.
Y como toda obra musical, nuestra vida también termina. Con un silencio.¡Ojalá podamos abandonarla con una solemne reverencia dirigida al público que la ha contemplado!

Renard

IMAGEN: by Nico


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