Como método científico, la deducción posee las cualidades del gran buscador de conchas marinas. En la arena todo es disimulo, pero si la espuma de una ola llega a cubrir la abertura de algún crustáceo próximo a la orilla su consecuencia inmediata podría ser que en algún momento, en un intervalo de tiempo no superior a los 25 segundos, el animal que habita en él saldrá a superficie e iniciará el ritual de colocarse al revés hasta que la ola siguiente lo arrastre mar adentro. Esa es al menos la resultante que se aprecia de los datos obtenidos por el profesor Ian Dashemmet en su estudio titulado La playa, el caos organizado. En él habla del género humano como una especie que lucha por organizar el caos pero también de esos pequeños animalitos que merodean bajo nuestros pies.
Incluso en un capítulo dedicado al alquitrán sostiene que los antiguos moradores de las Islas del Pacífico Occidental embadurnaban sus tablas de surf con tal material, pues sus propiedades, según creían, fortalecía los tendones en el momento exacto de elevarse sobre la ola.  Otros investigadores y antropólogos negaron la fiabilidad de tales conclusiones en un intento por imponer ideas que más bien difundían los efectos de la colonización. El mundo debía ser organizado de nuevo bajo el prisma de nuevas investigaciones. Si nos remitimos a las observaciones de Ian Dashemmet, sistematizadas en un modelo estadístico de su invención que tardó en concluir 27 años, el mundo de los humanos podría ser analizado desde su interpolación a una playa acotada. En ese tiempo también aprendió el deporte del surf, alzándose con el título mundial en 1958 a la edad de 56 años, bajo un nombre supuesto.

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